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El efecto Ratatouille y el marketing


Seguramente muchos habréis visto la famosa película de Pixar donde un desafortunado ayudante de cocina francés acaba encontrando la solución a sus problemas en un ratón. El ratón es un maestro cocinero y, escondido en su sombrero, es capaz de guiarle entre los fogones hasta alcanzar los platos más exquisitos de París.




¿Qué tiene que ver esto con el marketing?
Efecto Ratatouille es solo el nombre que, desde The Saas Agency, nos gusta darle a algo que viene usándose toda la vida para vender: Aludir al pasado de los consumidores.

Al final de dicha película nuestro pinche de cocina recibe la visita del más prestigioso y exigente crítico culinario del país. Ante la duda de con qué exquisitez pueden impresionarle, ratón y cocinero deciden preparar un ratatouille.
El ratatouille es un plato campesino francés. Consistente en verduras de temporada salteadas no tiene ningún secreto aparente. Es un mezclum de vegetales de sabor sencillo y preparación aún más sencilla. Lo sacan a la mesa, ante el asombro de los comensales por semejante atrevimiento, y ante la fascinación e incredulidad del estricto crítico.

El momento ratatouille lo vemos en la escena en que el crítico, escéptico de entrada, prueba un bocado del ratatouille e, inmediatamente, es transportado a su infancia.
Con un brillante efecto de flashback nos muestran cómo los sabores de un plato humilde, preparado por su madre en tiempos más sencillos, le producen muchas más sensaciones que la simple mezcla de sabores que lo componen.

En cuestión de segundos vemos al crítico convertido en niño, volviendo a casa después de jugar. Al aviso de su madre, que apunta que la comida está lista.
Los aromas del hogar, mezclados con el recuerdo de la vida familiar, feliz, sencilla y sin preocupaciones.

Acto seguido volvemos al restaurante donde el crítico, atónito por lo que acaba de pasar, deja caer su estilográfica al suelo y, junto a él, una sonrisa de felicidad sincera.
No tiene sino palabras brillantes y felicitaciones para nuestra pareja de cocinero y ratón.

Este es el efecto buscado en la publicidad.
Esto es lo que llamamos el efecto Ratatouille.




La publicidad no debe mostrarnos un producto. La buena publicidad evoca sensaciones y recuerdos. Nos transporta a un lugar mejor sin movernos de nuestro sillón. A un lugar que solo podemos volver a alcanzar en nuestra mente. Guiados en este viaje por una brillante estructuración de todos los elementos que componen un anuncio.

Esto no es nuevo, aunque últimamente parece que la nostalgia está de moda. Vemos películas basadas en obras más antiguas. Remakes de juegos, canciones. Artistas que vuelven de gira después de años inactivos. Esto se explica por el hecho de que, en nuestro cerebro, cualquier recuerdo de nuestra infancia o juventud nos trae felicidad. Es la forma natural que tiene el pensamiento de actuar. A excepción de momentos traumáticos nuestra mente selecciona los buenos momentos como aquellos que marcaron nuestros años pasados y los potencia y acentúa.




Cuando nos vamos haciendo mayores se nos activa un sensor que hace que olores, sabores, sonidos y un sinfín de sensaciones nos transporten al pasado. Pasado que recordaremos con alegre nostalgia.
Un bollo nos puede llevar de vuelta a las meriendas al salir del colegio. Una melodía concreta, un aroma, nos devolverá a las tardes de verano jugando en los parques con los amigos.
Lo más positivo de todo esto es el efecto tan beneficioso que tiene para nuestra salud.
Y es que está demostrado que compartir estos recuerdos y revivirlos supone una liberación de tensión.

Aleja el estrés que suele acompañar a la vida adulta y nos lleva de vuelta a momentos que, al menos en nuestra mente, fueron mejores y más felices.
Y, en el mejor de los casos, nos sacará la media sonrisa y lagrimita de felicidad como le sucede al crítico de Ratatouille.